lunes, 18 de octubre de 2010

El chiringuito de Juancho

Pedro Costa Morata

Me ha interesado, como no podía ser de otro modo, la decisión de Juancho López de Uralde de pasar de la dirección ejecutiva de Greenpeace España a liderar una nueva (enésima, por cierto) iniciativa de lanzamiento de un partido Verde ante la –según sus manifestaciones– insuficiencia de la izquierda española en su trabajo por el medio ambiente. Me ha interesado pero no creo en ella; lo explico.

En primer lugar, llama mi atención cómo esa eficiente escuela de notoriedad, y pizca arrogante, que es Greenpeace genera conductas algo patológicas. Mi amigo Xavier Pastor no quería irse al cabo de catorce años de director y su sucesor, López de Uralde, se va pero no se resiste al anonimato (o a la simple conducta ambiental discreta). Y opta por lanzarse con un a modo de “verdadero partido Verde”, que “esta vez si que va en serio”; pues vaya. No voy a pedir a Juancho que se pregunte por qué los Verdes no han alcanzado significación política propia en España, pero sí destacaré que la ambigüedad estructural de Greenpeace en lo ideológico impide saber, al menos para mí, su color político, que no obstante adivino tenue.

En segundo lugar, y abundando en lo ideológico, el tono de los promotores de la cosa, Juancho y Alejandro Sánchez (que deja otra potente y prestigiosa organización Conservacionista, SEO), es obviamente naturalista y en la medida en que esto sea así merece mi personal escepticismo radical: ¿Naturalistas en política? Por lo que sé, estos líderes iniciales nutren su experiencia en el naturalismo-conservacionismo y no en la ecología política, y eso prueba para mí –que tengo más recorrido ecologista que ellos– que no estamos ante ciudadanos con ideas ni formación política; y me inquieta que se quiera hacer política con esas discapacidades, pensando seguramente que el porvenir de la naturaleza en España dependerá de sus votos parlamentarios y de las coaliciones con las que, eventualmente, puedan inclinar mayorías, mover bisagras o negociar con el poder.

En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, creo que los postulantes no perciben que en este momento la lucha necesaria es de izquierdas, y que debe radicalizarse políticamente ya que la ofensiva del capitalismo es feroz y pretende retrotraernos a principios del siglo XX. Me pregunto si saben que los problemas de la naturaleza son de índole esencialmente política, causados por el sistema capitalista en la misma medida que la explotación del hombre; y por eso creo que el momento es de criticar y combatir esta democracia capitalista degradada y en imparable proceso de envilecimiento, no de inventar “capillas”, por más que se vendan como “definitivas”, complicando el panorama con exhibiciones pretenciosas.

Finalmente, no puedo olvidarme –asistiendo al bombo mediático de esta iniciativa, marca de la fábrica Greenpeace– de cuando la promoción necia de aquel impostor de Mendiluce, a quien primero cortejó y encumbró el PSOE y luego los Verdes, con una tercera ocurrencia de exaltación por parte de Greenpeace. Lo traigo a colación para certificar la persistente falta de norte, tirón y coherencia de los Verdes, que todo lo más que han dado a escala nacional ha sido un par de oportunistas que triunfaron mediante su alianza con el PSOE e IU en Andalucía, agotando con su lustre personal la menor posibilidad de consolidación. No comparo a Juancho con Mendiluce, pero el ecologismo de tipo mediático-comercial de Greenpeace, con sus derivados, me sigue molestando.

Estamos aviados si, como vaticino, vamos a colorear nuestros parlamentos con nuevos miembros sin color, o vamos a quitarle vigor político a la izquierda con elementos más bien despolitizados, porque no puedo creer que lo de Juancho vaya a suponer para la izquierda actual una inyección militante que pueda reforzarla y hacerla más ecológica; ni, sobre todo, más radical y estimulante.

Pedro Costa Morata es profesor titular de la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente (1998).


miércoles, 6 de octubre de 2010


UNA SOLUCION DEFINITIVA


Sorprende la falta de imaginación de nuestros gobernantes para afrontar el futuro de las pensiones. Si las soluciones sencillas, como ayudar a pagar las futuras pensiones con los Presupuestos Generales del Estado, o elevar las cotizaciones de las empresas proporcionalmente al incremento del número de trabajadores, u otras cien más, todas posibles, no tienen cabida, deberemos recurrir a otras propuestas más novedosas con la esperanza de que sean bien acogidas por los poderes económicos y políticos.

El núcleo del problema reside, al parecer, en el progresivo envejecimiento de la población española, que presagia que no habrá suficientes trabajadores para sostener el gasto de las futuras pensiones, a pesar de que nunca, ¡jamás!, en toda la historia ni en ningún país se ha producido tal fenómeno. Al contrario, la experiencia demuestra que donde hay trabajo van los trabajadores, de una a otra región o de uno a otro país. Luego no es ese el problema.

Habrá que deducir que lo que desea el gobierno en realidad es que del incremento de riqueza que anualmente aportamos con el trabajo al incremento del PIB, su mayor parte vaya a engrosar las finanzas y muy poquito a los pensionistas , o que, simplemente, les molestan los viejos.¡Pues afrontemos decididamente la situación!, no valen apaños ante ese terrible futuro. ¡No queremos un país de viejos!.

Porque, ¿ qué es un pensionista? ¡un gasto!. ¿Y un pensionista anciano? ¡un gasto inútil, estéticamente deprimente!. No resulta agradable cruzarnos con uno de ellos en ningún lugar, y mucho menos quedar rodeados de vejestorios por todas partes. Más todavía en España con ese 30% que se encuentra al borde de la exclusión social, impenitentemente gordos unos, fruto de una dieta excesivamente calórica -demasiado pan-, esqueléticos otros – ni pan- y tan mal vestidos que parece que nunca hubieran visto un traje de Armani.

Esos seres improductivos suelen adornarse con multitud de enfermedades, la mayoría debidas a las interminables jornadas laborales que padecieron desde su juventud en trabajos agotadores, movimientos repetitivos hasta el infinito, accidentes laborales por la alta siniestralidad laboral, locales inadecuados en luz, temperatura y ventilación, toxicidad de los productos manejados, estrés secundario a las largas jornadas y a las demandas de producción, etc., de forma que deambulan entre nosotros cojos o renqueantes, inestables, encorvados, con la mirada perdida en futuros inexistentes, afeando nuestras calles y plazas, espantando a los felices turistas que nos visitan.

Y que decir de su estado mental. Olvidadizos del presente solo recuerdan algunas escenas de su pasado más remoto. Nada puedes confiarles pues su desmemoria dará al traste con lo confiado. Un desastre.

Probablemente, un gobierno responsable apostaría por una política que revirtiera esa desastrosa situación futura. Si los jóvenes actuales tuvieran empleo y una cierta estabilidad en el mismo, sin duda aumentaría el índice de natalidad del país. Si hubiera suficientes escuelas infantiles gratuitas y muchas de ellas con horario laboral, ayudaríamos a que más parejas tuvieran más hijos. Si se apoyara más a la natalidad con permisos largos de maternidad y paternidad, más jóvenes decidirían ser padres. Si por cada hijo hubiera, en el primer año, una compensación económica estatal suficiente que se incrementara por el número de hijos, hasta la familia monoparental se decidiría a tener -o adoptar- más hijos. Si de verdad existiera una ley de carácter obligatorio para la conciliación laboral y familiar veríamos poblarse nuestro parques de infantes. Claro que eso es caro, mucho menos que lo que nos costó sostener a la banca y a las cajas, pero no resulta gratis. Así que no es de extrañar que no resulte grato a los grandes poderes económicos, con lo que queda descartado que el gobierno promueva esas iniciativas

Por eso, propongo al Presidente del Gobierno crear una nueva institución:
El Portal del Paraíso.

Se trataría de que todos esos ancianos empeñados en acabar con nuestra prosperidad futura comiencen ya a pasar a mejor vida, por supuesto con todas las garantías y comodidades que nuestra elevada civilización puede proporcionarles. Hay que evitar todo tipo de crueldades. Gracias a los avances técnicos y científicos podemos construir locales sumamente acogedores, con comodidades que ni siquiera pudieron soñar. Luz adecuada, ambiente soleado, música ambiental, personal suficiente para sus últimos cuidados, harían del lugar un marco adecuado para un tránsito feliz.

Cierto que precisará de alguna inversión, pero el ahorro en pensiones compensará con creces este pequeño dispendio. Estoy convencido que tanto FUNCAS o FEDEA cómo el gabinete de estudios del BBVA o el CIS, todos los que han hecho estudios sobre el futuro envejecimiento de la población, estarán plenamente de acuerdo con esta solución ya que con una pequeña inversión se abre el camino a una ilimitada posibilidad de ahorro. Todos somos conscientes de que hoy las necesidades financieras de las grandes empresas son enormes. Es preciso ahorrar mucho para que Telefónica -la flamante Movistar- pueda financiar con ese dinero la compra de compañías telefónicas de Brasil o REPSOL los Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Argentina o Bolivia, o que Gas Natural siga invirtiendo en Libia o Argentina o compre Unión Fenosa, o para que el SANTANDER compre bancos en Inglaterra y USA. Son muchos los miles de millones de euros que se precisan para financiar dichas operaciones. Que mejor que lograr que esos miles de millones que se gastan en pensiones, para que sobrevivan mal unos pobres viejos, pasen a engrosar las arcas de las entidades financieras que tanto lo precisan. Para eso está:
El Portal del Paraíso.

Existen además otras variables que no podemos menospreciar. Por ejemplo, si hacemos una ley que garantice que los poseedores de una pensión privada no están obligados a pasar por
El Portal, no nos cabe duda que los más ricos de nuestros paisanos -incluso todo el que pueda ahorrar algo- correrían a hacerse la correspondiente póliza. Teniendo en cuenta que en esas condiciones está hasta el 30% de la población, el ahorro generado sería inmenso y, por tanto, las posibilidades de acumulación de capital y de la correspondiente inversión muy notables. Si, como ya ha ocurrido en numerosas ocasiones, los gestores de la pensión privada fracasan por mala gestión o una crisis general, en vez de hacerse cargo el estado de esas pensiones, los pensionistas entran de nuevo en el cupo de El Portal del Paraíso.

El gobierno está obligado a pensárselo detenidamente. ¿Para qué enfrentarse con los sindicatos y los llamados partidos de izquierda por soluciones parciales, que solo consiguen un poco más de ahorro, capitalización e inversión, cuando está a su alcance una solución casi definitiva?. ¿Es que va a protestar más la población por esta medida que por atrasar la edad de jubilación a los 67 años o elevar el periodo de cálculo de la cuantía de la pensión de los 15 a los 25 años con la consiguiente disminución de esa cuantía? ¿Va a haber más ciudadanos manifestándose por las calles contra
El Portal que los que habrá si se eleva el período de cotización para alcanzar la pensión completa de 35 a 40 o 45 años?. Un rotundo no.

Además, se trata de organizar una gran campaña de promoción del nuevo sistema en el que tantos -y tan poderosos- están interesados. No duden que les acompañarán todos los grandes medios de información y persuasión de este país. Reportajes sobre la estética, el estupendo ambiente, el gran trato humano que se dispensa en
El Portal. Crónicas sobre el sufrimiento que representa para nuestros mayores sus numerosos achaques. Películas donde se muestre en toda su crudeza el padecimiento de los familiares que tienen que cuidar a un anciano demente o con Alzheimer, sus desavenencias y fracasos. Suplementos en todos los periódicos explicativos de la imposibilidad futura de pagar las pensiones de tanto anciano. En fin, toda una campaña persuasiva que no puede tener más que un desenlace: la conformidad de todos ante lo inevitable.

Y la repercusión internacional. No podemos olvidar la repercusión internacional. Imaginen: España, primer país del mundo en incorporar
El Portal del Paraíso. Pronto seríamos imitados por las grandes potencias y después por todo el orbe -excepción hecha de varios países sudamericanos y otros pocos perdidos en algún oscuro rincón, claramente anclados en el pasado-. España ejemplo para el mundo. Que más podemos desear.

Un afectuoso saludo de su colega,

Dr. Franckenstein.